domingo, 4 de marzo de 2012

Quiéreme.

Hace casi veinte años sedujo a Claudia siguiendo la táctica de Laclos: "Toda fortaleza asediada acaba por caer." Y si ella, que era una de las chicas más guapas de la clase, se enamoró de él no fue, evidentemente, por su atractivo, su inteligencia y su talento, sino porque le admiraba, o al menos eso es lo que él creía, lo que necesitaba creer. Isaac era el que hacía las intervenciones más brillantes en clase, el que presentaba los trabajos mejor argumentados, el que obtenía las más altas calificaciones. También era el que traía y llevaba a Claudia desde su casa a la facultad, pese al enorme gasto en tiempo y en gasolina que el favor le suponía (tenía que levantarse casi una hora más pronto para ir a recogerla cada mañana), el que le prestaba los apuntes y los libros, el que le acompañaba a la biblioteca para ir a buscar bibliografía... Fue durante un año paño de lágrimas y confidente de Claudia, y escuchó pacientemente las quejas que su amiga desgranaba a propósito de su novio de entonces, todo ello sin permitirse jamás la menor insinuación o aproximación. Dueño de su voluntad hasta el extremo, Isaac se las componía admirablemente con sus nervios para que no se le notara la excitación. Hasta que, en el segundo año de carrera, y absolutamente convencido de que Claudia era el amor de su vida, se inventó una novia a la que supuestamente veía todos los fines de semana. La bautizó Vanessa y la adornó con un montón de cualidades: era alta, inteligente, elegante y moderna, algo mayor que él. Y con la excusa de que Vanessa le reclamaba tiempo y dedicación, empezó a escamoteárselos a Claudia: Hoy no te puedo acompañar a la biblioteca, mañana no podré llevarte a casa después de clase, esta tarde no me puedo quedar contigo en la cafetería porque ya he quedado... La táctica era arriesgada y además le hacía sufrir a él más que a Claudia, porque cada minuto en su compañía al que Isaac renunciaba voluntariamente le pesaba como tres horas de amargura. Pero no cejó en el empeño. Y luego pasó a la segunda fase, empezó a quejarse de Vanessa en sus conversaciones con Claudia, tal y como Claudia solía hacerlo de su novio. Es demasiado absorvente, demasiado frívola, demasiado posesiva, no me entiende... Y cuando hizo la pregunta decisiva: "¿Tú, crees, Claudia, que debería dejarla?", y Claudia contestó: "Pues me parece que sí", supo que la técnica, pese a ser clásica y previsible, había funcionado de maravilla. Y acto seguido se permitió decir la frase tanto tiempo ensayada ante el espejo, la que llevaba año y medio deseando exclamar en alta voz: "Pues me parece que tú también deberías dejar a Tom."

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