A las diez y poco de la mañana llegamos a Valencia, dejamos el coche en el parking de el puerto.
Íbamos los dos todo el rato hablando, no parábamos de hablar aunque fuera de miles de tonterías pero lo que si se veían en mis ojos era alegría de hacer este viaje con el. En la maleta llevaba miles de camisetas y pantalones y millones de bañadores para poder bañarme en las playas de aguas cristalinas a su lado. El no paraba de decirme lo preciosa que estaba ese día que no sabía el por qué de que una chica como yo me hubiera enamorado tan locamente de el, le dije que la respuesta era simple, que él me daba cosas que los demás ni llegaban a saber como hacerme feliz, el sonrío.
Llegamos al ferri y nos subimos a la parte superior del barco, el sol ya estaba en lo más alto de ese cielo tan azul, pero se estaba agustito porque no hacía ni frió ni calor y a la vez el sol, empezaba a dejar sus huellas en mi.
El trayecto duro una hora escasa y pudimos ver algunos delfines siguiendo el barco a los que pude fotografiar.
Cuando llegamos, le miré y le bese, la vida allí parecía diferente, todo más relajado nada de agobios solo había que disfrutar del sol y del mar así que nos pusimos rumbo al hotel donde nuestra querida habitación blanca con vistas estaba perfectamente preparada. lo dejamos todo y salimos a comernos Menorca, la isla de ensueño que siempre sale en la televisión en época de verano que siempre había soñado venir y ahora aquí estoy en ella disfrutandando de mi chico a la orilla de la playa y esperando a que todo este por venir.
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