sábado, 11 de agosto de 2012

Al salir de la portería se noto el cambio de temperatura más de lo habitual. Hacían así como unos cuarenta y siete grados a la sombra y no es que sea meterologa sino que lo ponía en el termometo que esta expuesto al sol veinticuatro horas al día. Salí, me puse el casco y mi padre me llevo hacia la estación de autobuses, el sol  y el aire me quemaban los ojos. Iba en dirección a la playa, que ¿porque iba?, iba para verle porque su
- bueno luego hablamos ¿vale?-cuando me llamo, me rajo el alma en dos porque en medio de esa frase sonó un soñozo.
Llegue y mientras hacia cola una señora un tanto singular se me puso a hablarme, parecía simpática y sinceramente para pasar un viaje con un desconocido lo prefiero con una señora que hablaba por los codos.
Se llamaba María, era una señora que trabajaba en la consejería de turismo de unos cincuenta y dos años de edad y que escribía como yo. Me estuvo contando todo lo que le venía a la mente, me pareció una señora muy diferente a las señoras de esa edad, y que cogía la confianza con muchísima rapidez a los cinco minutos de estar sentadas ya me estaba contando cosas de su familia incluso... Personas así hacen falta en el mundo personas soñadoras que quieran por encima de todo ayudar a los demás. 
Cuando baje antes de darle dos besos a maría y que ella me dijese que nunca más le hablase de usted, te vi y sentí verdadero alivio al saber que estabas allí con cien mil grados al sol con una sonrisa, tus gafas y ese bañador que te sentaba tan bien. 
Nunca me des las gracias, nunca me digas que me voy a hartar de ti, nunca me dejes de decir en cada momento lo que sientes. 

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